Nanna

Este es uno de mis planes para el 2012. Escribir una pieza dramático-musical. Para ello he rescatado un viejo argumento que tenía por ahí guardado desde hace unos años. La forma está por ver, pero la idea es ir componiendo una serie de piezas al piano para que poco a poco el asunto vaya cogiendo por si mismo la forma. El argumento es el siguiente:

NANNA. Drama musical por Arturo Gallo Krahe

Arlecchino despertó. La luz que asomaba por una de las rendijas de la cegada ventana iluminó su rostro. Pronto recordó que aquella no era la habitación de siempre. Nada le era conocido, ya no había luces, ni música, ni titiriteros, ni siquiera niños sonrientes esperando su premio. ¡Ay!, ni tan siquiera el dulce olor de las manzanas acarameladas que envolvía todas las atracciones feriales. Despertó y no era un sueño, ni tan solo un mal sueño.

La puerta oscura

Arlecchino y la imponente puerta oscura.

Miró a su alrededor. En el sitio que iba a ser su nuevo hogar todo estaba lleno de juguetes. Parecía, sin duda, la habitación de un niño revoltoso por lo desordenado de la misma y en el centro una gran caja sorpresa, aún sin abrir. Quizás un regalo.

Arlecchino se consolaba pensando en que, tal vez, fuese el muñeco preferido de toda la habitación y que podría jugar horas y horas con su nuevo dueño ahora que ya no era un reclamo ferial. Aunque de cuando en cuando volvía a su corazón la melodía encantadora de la feria, su hogar de siempre… música de fiesta, luces de colores y dulces, muchos dulces. ¿Qué más se podía pedir? Pero ahora, ahora Arlecchino tenía un dueño. Al menos eso suponía y eso le hacía feliz. Alguien que cuidase y jugase con él.

El Sol despuntaba ya alto y, a la vista de que nadie aparecía, decidió Arlecchino darse un paseo por su nuevo hogar y saludar a sus nuevos amigos; Rufo, el león; Gambito, el caballito de mar; Smirri, el gato; Terremoto el soldadito de plomo y Penco, un caballito balancín. Pero lo más extraño de todo es que nadie entraba en la habitación. El dueño no aparecía. La singular puerta, situada en el fondo más oscuro de la habitación, era imponente y, así, Arlecchino sentía un estremecimiento al pensar que más allá se perdía su hogar.

El día transcurría, las sombras se alargaban. Era, sin duda, el atardecer. Arlecchino descansaba. Después de todo lo había pasado bien pero algo echaba de menos: la vivacidad de la feria y aquella melodía tan alegre y delicada que parecía que iba a romperse de no escucharse con sigilo y cordial solicitud, hasta que, de pronto, si… no era su imaginación. Aquella melodía podía escucharse claramente, pero ¿de dónde procedía? Pronto cayó en la cuenta de que esos silbidos que imitaban a su dadivosa melodía provenían de la caja. Arlecchino, casi emocionado, avanzó firme; Quizás se encontrase con Sira, su compañera de estante en la feria, mayor que él, y que siempre le cuidó cuando lo había necesitado. “Sira, Sira” pensaba mientras desataba el enredado e interminable nudo que copaba aquella caja y… ¡Sorpresa!, un muñeco resorte saltó hasta el techo del impulso.

Sileno, deus ex machina.

“¡Hooo-la!, heme aquí que me presento. Soy Sileno, hacedor de los deseos, lector de imprescritos destinos, sabio de la nada. ¡Ju-Ju!… reflejo del fondo y medio del camino… ¡Ju-ju!” Arlecchino se sorprendió de la pesadez de sus palabras a la vez que se encogía sobre sí mismo al darse cuenta de que no era quien esperaba. “Oye, enano”, dirigióse Arlecchino a esa especie de bufón. “¿Eras tú o no? ¿Eras tú el que silbaba? ¿Verdad? ¿Cómo conoces esa música?”. “¿Silbar? ¿Melodía? No, yo no he oído nada, no, no, no.” Arlecchino dudó. Ya no sabía si, quizás, su imaginación… y extrañado por todo, incluso por su enervado deseo, no lograba apartar de su mente esa dulce armonía musical que necesitaba volver a escuchar y, así, trató de resolver sus dudas. Miró al portón siempre altivo. “¡No! ¡No trates de abrir esa puerta!” Le aconsejó Sileno. “Yo puedo asegurarte que esa melodía que bulle dentro de ti no la encontrarás más allá de esta habitación”. “¿Cómo sabes todo esto?” Apostó Arlecchino. “¿Yo? No sé nada. Tú me lo has dicho todo… ¡Ja, ja, ja!”. Estrepitosamente su risa se tornó en burla… “¿Mal de amores, quizás?”. Arlecchino no salía de su asombro y empezaba a temerse que se acabaría arrepintiendo de haber abierto esa caja, cual caja de Pandora, con ese enano tramposo que no hacía más que confundirle.

“Tantas caras tiene el amor como colores el arco iris. Rueda y rueda en tu constelación un simpar carro tirado por briosos corceles negros. Sí, eso es lo que veo”. Enorgullecíase Sileno de su visión. Arlecchino no daba crédito a sus oídos. ¿Qué clase de acertijo era aquel y que pretendía ese enano?

“¡¡Oh!!, mi querido Arlecchino. Reposo de candor y despojo del deseo. ¿Acaso no sabes que el vacío absorbe tiranamente los colores?… Yo soy un gran admirador de las flores negras.” Sentenció.

Embobado de tanta verborrea Arlecchino se soltó: “Dispara de una vez. ¿Qué es lo que quieres decirme? Tu locuacidad me embriaga”. “¡Oh! ¿Puede ser miedo al espejo eterno? O quizás ¿no sabes salir de tu propio laberinto? Yo te ayudaré. Escucha mi historia”. Dijo con firme seguridad Sileno.

“…Un Dios celoso de sí creó unas criaturas a su imagen y semejanza. Una estirpe igual a él; Un objeto al que contemplar pues quiso apartar la vista de sí mismo. Antes de horrorizarse del abismo instaurado, creó criaturas que se alegrasen y sufriesen, que gozasen y llorasen en su lugar y, sobre todo, que se preocupasen por él.

Un día cualquiera, en un charco enfangado se contempló el hombre mientras por primera vez era consciente de los gritos de las fieras, ahora aullidos atroces. Se miró fijamente y se asustó. Sintió miedo… Ya no era un dulce arco iris lo que se reflejaba. La noche era más oscura y más profundos los gritos. Sus miedos cada vez más anchos dentro de sí… y corrió y corrió despavorido huyendo de su propia sombre… oh, ingenuo…, y comenzó a sentir un hambre insaciable de búsqueda. Y buscó y, a la luz de la luna, soñó con el amanecer y el arco iris. Y de esa búsqueda nació el amor, una ilusión de mil colores, un espectro de felicidad. De esa imperiosa necesidad surgió la búsqueda de esa llave… de la felicidad. Y ¿sabes donde escondió Dios esa llave?”. “¿En el fondo del mar?” replicó Arlecchino sonriendo. “No”. “¿En lo alto de una montaña?” “No” “¿En lo profundo de un volcán?” “No, tampoco. Dios la escondió dentro de esas pequeñas criaturas que, desoladas, buscaban y buscaban, condenadas a buscar porque no podían ser objetos de sí mismos y estaban sujetos a sus sentidos sinsentidos. Todos esos pedacitos solo podían, si cabe, soñar con un lejano resplandor de volver a ser un solo color. De pertenecer a sí mismos.” Entonces.” Replicó Arlecchino. “¿Qué Dios tan tramposo primero creó la luz y luego la ceguera? Todo es una contradicción.”

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Aquella noche Arlecchino durmió embotado de tan profundos pensamientos. Durmió intranquilo.

Más tarde, y esta vez no era un sueño, de nuevo la melodía encantadora flirteó con los oídos de Arlecchino. Nanna, una maravillosa marioneta, al son de tal melodía, danzaba no sin dificultad debido a aquellos estrechos hilos que la sujetaban.

Nanna, las flores y las mariposas

(Caja de música)

Arlecchino se frotó los ojos una y otra vez. Afinó sus oídos y… no, no era un sueño. Quedose sentado y, así, pasaron las horas mientras Sileno observaba y observaba sumido en una impenetrable ataraxia.

Por Arlecchino pudiera haber pasado así una eternidad pero el tiempo, que transcurría deprisa en aquella alegre habitación, curó su soledad gracias a la sombra protectora de Nanna.

Arlecchino se convenció de que era él el único que escuchaba aquella melodía.

-¿No oyes nada, Sileno?-

-¡¡Bah!! No.- Mentía sin piedad mientras observaba aquel puro y salvaje magnetismo animal

-¡¡Bah!! ¡Desmesurada pasión!- Se convencía a sí mismo.

Arlecchino ya no echaba de menos su antiguo hogar. Ya no miraba hacia la extraña y enorme puerta que, cual trono altivo, dominaba la habitación. Sus únicos pensamientos eran para Nanna y la terrible historia de Sileno que inquietaba su amor cuando veía que los hilos del destino, que tiránicamente la sujetaban, coartaban toda la libertad a su pasión. Hay terrores que caminan por los pasillos de los sueños y en Arlecchino el sueño tangible del amor se oscurecía por el temor a que el deseo los hundiese en los mares negros del infinito.

En medio de aquella delicada música resonaba la cálida voz de Nanna. “¡Ven! Celebremos nuestro destino y anudémoslo con fuerza”. Ambos danzaban mientras la luna resplandecía creciente.

Arlecchino acudió a Sileno con la esperanza de romper el sortilegio, y consumar su amor, sin dar inerte presente a Átropo.

-¿Qué debo hacer, Sileno?

-Ju, Ju… yo…, soy el espíritu que lo niega todo. Miento cuando digo la verdad y digo la verdad cuando miento.-

-Ya, pero… ¿Qué debo hacer?-

-Está bien.- cedió finalmente Sileno, reacio a sembrar la clarividencia de la luz en el fondo negro de dudas que atrapaba a Arlecchino. –pero debo advertirte que todo lo que de mi boca salga puede ser tan cierto como incierto, porque solo la contradicción revela la verdad de las cosas.-

-Estoy preparado.-

-Recuerdas la historia. La historia de Ancestrales y Novales en eterna lucha-

-Sí, la recuerdo-

-Bien. Era una historia sin acabar, ¿verdad? Yo te daré una posibilidad de llegar al final del laberinto de esta historia. Para ello debes sumergirte sin temor y sin rencor en tu sombra ancestral. Desciende a tu antro y, cual luz soberbia que disputa a la madre noche el espacio en el que impera, deja que tu enervado deseo se materialice en el vacío. Abre la puerta, la puerta que no tiene llave, por la que los hombres se buscan a sí mismos y encuentran su sombra.

Durante un tiempo y sumido en la intranquilidad de la noche se recostó sobre una esquina y trató de llegar a una resolución.

Como de costumbre, al amanecer, la dulce melodía que, por lo visto, solo él escuchaba, le despertó sigilosamente. No sabía qué hacer. Podía irse (la puerta no tenía cerradura aunque no sabía que encontraría más allá de ella) o podía quedarse y conformarse con contemplar Nanna, lo cual le hacía cada vez más feliz e infeliz.

En esta desesperanzadora realidad el eco de la tristeza de Arlecchino llegaría hasta Nanna quien comenzaba a comprender los sentimientos de éste y no quería que la inflamada llama del amor acabase por quemar a Arlecchino.

-Extraña fortuna la mía- Susurró Arlecchino mientras cerraba las manos sobre las cuerdas de la marioneta, las mismas que le daban vida.

[No es mentira que cuando se esconde el sol, a la luz de Vesper, todas las veces, eternamente, se repite un duelo de amor, entre la inocencia y la pasión. Y nunca hay ganador.]

Ambos, quedáronse fuertemente abrazados y Nanna tomó la decisión

[Antes de que el alocado corcel negro del deseo arruinara los colores del amor]

Nanna tomo las tijeras y, tal instrumento fatal, entregó como presente a Arlecchino quien balbuceaba en sueños. “El mar… espera” se dijo Nanna mientras él aún dormía plácidamente en su regazo. Le hubiera gustado que hubiese sido él, plenamente despierto, quien le hubiera desposado del vacío pero prefirió regalarle su hermoso sueño.

Átropo y su mortal instrumento.

Arlecchino soñó y soñó. Por fin había cerrado aquella terrible puerta y en leves susurros le pareció que Nanna le guiaba.

La noche fatal culminó. En sus rostros se podía conocer el amor sin fin tal y como vive en el corazón de los hombres. A salvo del tiempo, eternamente bailando más allá del vacío, donde la luz y el amor solo limitan consigo mismos.

Arlecchino despertó y, en medio del horror que llenaba sus retinas, aún podía escuchar – y sabía que esta era la última vez – la armoniosa melodía que iba poco a poco fundiéndose con el silencio.

-¡¡¡SILEEEENOOOOOO!!!- gritó desesperado mientras su mano izquierda arrojaba al suelo el instrumento de muerte. Avanzó ciego de ira hacia la caja sorpresa, pero… nada había dentro de ella. Solo se encontraba la melodía eterna del silencio que, cada vez más levemente, apagaba las notas de la dulce tonada.

Arlecchino recordó las palabras de Nanna y ahora comprendía que ella era su propia sombra. El anhelo que todo ser busca. Ahora ya nada temía. Dirigiose a la puerta, la puerta sin llave, y dejó que toda la oscuridad penetrase en él y recibió, así, el más frío pero acogedor beso antes de volver con Nanna, allí donde la luz no acaba.

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