Telaraña

Partitura Telaraña

Hilos nevados de una sustancia viscosa
serían después un ardid macabro,
el galimatías de cien mil direcciones engarzadas,
inextricables, ineluctables, mortales,
donde mis pies quedaron inmóviles
y las brasas de la lucidez se extinguieron.
Caí entonces de bruces en la red
de esas innumerables encrucijadas.

Pero antes, la vista de aquel lugar etéreo
como una ciudad
abandonada nada más erigirse
agrandaba mis pupilas prometiendo un hogar
que destruyera mi hermética pesadumbre.
Y su leve palpitación agudizaba mis oídos
que escuchaban murmuraciones de armisticio.
Y el tacto de la mano,
superado el espasmo virulento
del primer roce,
recordaba la sensualidad que jamás tuvimos.

El funambulista empezó a caminar
por una luz que iluminaba
un hilo solo de la tupida red,
deliraban sus pies y confundían
la pegajosa ponzoña que pisaba
con el elixir de una sensualidad
sutil y compartida.

Yo era ese funambulista quimérico,
y en un momento dado
toda la telaraña
iluminó su verdad de inicuo fango.
Tú eras la hilandera que construyó
esa malla que mis ojos transfiguraron,
durante un instante de espejismo,
en la ciudad virgen del renacimiento.

Grácil te erguiste sobre mi lastimosa
perdición (la lejanía extramundana
furiosa torturaba la intimidad de mi intramundo)…

Sin embargo, en vez de devorarme con tu desprecio,
me abrazaste liberándome,
y la noche declinaba y la telaraña era realmente
una aurora ambigua pero espléndida,
y no la vorágine caníbal
que yo desde niño elegí
como lúgubre destino,
apoteósica conclusión
de una vida intencionalmente maldita.

Pasan, pasaron, pasarán las estaciones
con la enfermedad característica de cada una,
pero ya no las temo,
son tan sólo perspectivas distintas
de esta frágil ciudad, felizmente vulnerable
al cuidado cálido de nuestra simbiosis.

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